Experiencias de un hombre feminista: Parte 1

Autor: Felipe Jaramillo Ruiz

Mi primer contacto con el feminismo fue silencioso. Encontré unas ideas sueltas en un libro de democracia. En un principio pasé la página sin prestarle mucha atención. Para mí, el feminismo era una idea muda, un lenguaje que le pertenecía a las mujeres, un espacio en el cual no era bienvenido. No es que no apoyara las demandas por la igualdad entre los sexos o que justificara la discriminación. Simplemente, para mí, la lucha feminista estaba vestida de colores ajenos y mi sexo me excluía de la discusión.

La motivación originaria para ahondar en las ideas feministas no provino de un impulso altruista. Por el contrario, pensé que era un tema sobre el cual se había escrito poco y sobre el cual podía realizar un aporte. Como desconocedor, decidí que el primer paso que tenía que dar era buscar qué se había escrito. Fue tal vez en ese momento que el silencio del feminismo se transformó en un grito. En las lecturas feministas encontré un desafío a mi identidad como hombre.

Mi encuentro con el feminismo fue como chocar contra un espejo. En un principio el resultado me horrorizó. El rostro de mi masculinidad se desfiguró. La valentía de mi sonrisa se frunció con inseguridad, la racionalidad de mi mirada se contagió de sentimiento y la fortaleza de mis labios aceptó su fragilidad. La metamorfosis se apoderó de mis deseos. Degolló la voluntad frenética de prevalecer sobre lo femenino, erradicó la sed de dominación y transformó mi sentido de libertad.

Como feminista, me he enfrentado a ciertas dificultades. Aunque no es exhaustiva, comparto una lista corta de mis experiencias.

1. El feminismo y la sexualidad: en el imaginario colectivo se asocia el feminismo con un discurso de mujeres y para mujeres. Cuando me presento como feminista inmediatamente se cuestiona mi preferencia sexual. Básicamente, para un sector de la sociedad, no se puede ser feminista y heterosexual. No porque mi preferencia sexual sea relevante. El problema consiste en que el propósito de encasillarme como homosexual busca restarle valor a las ideas feministas. Es un escudo más, una forma de callar las ideas.

2. El feminismo y las mujeres: no todas las mujeres son feministas. Nacer mujer no equivale a recibir un adoctrinamiento biológico sobre feminismo. El feminismo es una idea y, como tal, no está vinculada por naturaleza a un sexo en particular. Así, cabe señalar que la resistencia de algunas mujeres a las ideas feministas es contundente. Cuando discuto las labores de cuidado y la maternidad, siempre salta alguien en el público con lanza y ristre. El argumento recurrente es que las mujeres están dotadas para ser madres. Nosotros como hombres no entendemos lo que es dar a luz y, por consiguiente, nunca vamos a poder llevar a cabo las labores de crianza. Es entonces que el argumento se vuelve personal. Para algunas mujeres, yo como hombre soltero y sin hijos no tengo ninguna autoridad para debatir “esos” temas.

3. El feminismo y el miedo: En una vía concurrida un desconocido le grita un piropo de mal gusto a una mujer. Lo escucho, lo rechazo y… me paralizo. Me consume el temor. Atisbo la agresión y callo. El miedo me congela. Frunzo el ceño. En un acto desesperado intercambio miradas con otros hombres para saber si sienten lo mismo. Soy incapaz de actuar solo. Me intimidan las carcajadas de la gente que al presenciar el mismo acto le encuentra gracia. La mayoría de las personas que me rodea sonríe y los que no, bajan la mirada. El agresor se aburre y se distancia. La mujer me mira a los ojos. Sólo soy capaz de murmurar que lo siento.

4. El feminismo y la música: Hoy en día imperan los ritmos pegajosos con letras banales. El mensaje siempre es el mismo: sexo, dinero y violencia. El hombre es retratado como un conquistador empedernido. Su mayor dote: tener un bolsillo amplio. El secreto de la seducción se reduce a una transacción económica. La atracción de la mujer se compra, su cuerpo es un objeto cuya finalidad es el placer masculino.
Al expresar mi insatisfacción con la música las respuestas suelen ser: “es que a usted no le gusta porque no tiene plata”, “deje de ser feminista y disfrute la música”, “a mí no me importa la letra solo el ritmo”. Recuso aceptar estos argumentos. El problema va más allá de las notas musicales. La música trasmite un mensaje y opto por no ignorar el daño que están haciendo ciertos artistas. Recuso vanagloriar una apología a la violencia sexual, al materialismo, al narcotráfico.

Poco queda del hombre que alguna vez fui. El feminismo ha cambiado la manera como entiendo mi entorno. Espero que con el pasar del tiempo sean más escasas las situaciones antes descritas. Sería interesante escuchar las experiencias de las personas que leen esta columna.



Felipe Jaramillo Ruiz [1]

[1] Profesor asociado de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda, Bogotá, Colombia. Magíster en Democracia y transformaciones sociales de la Universidad de Helsinki, Finlandia. Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, Colombia. Miembro del grupo de investigación de Análisis Político de la Universidad Sergio Arboleda, Bogotá, Colombia. Miembro fundador de RedIntercol.